Dieta, caminar, correr, pesas, bici, tenis, sudor; champú especial para cabello teñido, jabón de almendras, esponja exfoliante; para el cuerpo, crema reafirmante; para la cara, crema limpiadora, hidratante, contra las arrugas, maquillaje natural, corrector, rimel, boca con gloss; brasier con varilla, tanga negra, ropa entallada, azul, verde… no, mejor roja; cepillo, secadora, spray; aretes, pulseras, anillos, collares; perfume…
Suena muy laborioso, estresante… de hecho lo es. El cuadro anterior no es sino la rutina diaria de arreglo de muchas, muchas mujeres. Vivimos atrapadas por la apariencia. Todas queremos ser bellas, y de hecho todas podríamos serlo, si buscáramos ese resorte estético de nuestra persona en el lugar adecuado: en nosotras mismas, en nuestra serenidad y lucidez para aceptar las cosas, pero también en nuestra vitalidad para forjarnos un destino justo del tamaño y con la forma que nosotras deseamos. La belleza no es algo que podamos "importar": si no surge de un bienestar interior, el resultado es frívolo, sin sustancia, insostenible por demasiado tiempo, por más formas, curvas y colores que muestre.
El tema, una vez más, es el equilibrio. La conciencia de saber que no tenemos por qué sujetarnos al modelo mercadológico e inalcanzable de belleza, la conciencia de buscar nuestro propio camino para resultar atractivas… Es cierto, pocos momentos hay tan gratificantes para el ego y la autoestima como provocar el deseo de uno o varios hombres, pero ese poder es mucho más útil y constructivo cuando es suscitado por una actitud de seguridad y sensualidad intrínseca, sensualidad que sólo surge cuando te sabes bella, cuando te sientes bien contigo, cuando sabes que tienes el control sobre tu vida.
Fuente: www.balance.com.mx



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