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Ver versión completa : Las Ciudades Invisibles


Atreides
30-may-2005, 01:34
Fragmentos del libro de Italo Calvino. Recomendado.

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La Ciudad y los Muertos. 4.

Aquello que hace a Argia diferente de las otras ciudades es que en
lugar de aire tiene tierra. Las calles están completamente enterradas,
los salones están llenos de arcilla hasta el cielo raso, sobre las
escaleras se posa otra escalera en negativo, sobre los techos de las
casas pesan estratos de terreno rocoso como cielos con nubes. Si los
habitantes pueden pasear por la ciudad alargando las galerías de los
gusanos y las fisuras en las que se insinúan las raíces, no lo
sabemos: la humedad deshace los cuerpos y les deja pocas fuerzas;
conviene que se queden quietos y tendidos, total está oscuro.

De Argia, desde acá arriba, no se ve nada; hay quien dice "está allá
abajo" y no queda más que creerle; los parajes están desiertos. De
noche, pegando la oreja al suelo, a veces se oye un portazo.

Atreides
30-may-2005, 02:10
Las ciudades escondidas. 2.

No es feliz, la vida en Raisa. Por las calles la gente camina retorciéndose las manos, impreca a los niños que lloran, se apoyan en los parapetos del río con las sienes entre los puños, de mañana se despiertan de un feo sueño para comenzar otro. Entre los bancones donde se aplastan en todo momento los dedos con el martillo, o se pinchan con la aguja, o sobre las columnas de números completamente errados en los registros de los negociantes y los banqueros, o frente a las filas de vasos vacíos sobre el zinc de las tabernas, menos mal que las cabezas agachadas te ahorran miradas torvas. Dentro de las casas es peor, y no hace falta entrar para saberlo: en verano las ventanas retruenan de peleas y platos rotos.

Sin embargo, en Raisa, a cada momento hay un niño que desde una ventana le sonríe a un perro que ha saltado sobre un cobertizo para morder un pedazo de polenta caído a un albañil que desde lo alto del andamio ha exclamado “¡Cariño mío, déjame comer!” a una joven tabernera que lleva un plato de ragú bajo la parra, contenta de servirlo al paragüero que festeja un buen negocio, un parasol de perilla blanca comprado por una gran dama para pavonearse en las carreras, enamorada de un oficial que le ha sonreído al saltar el último seto, feliz él pero aún más feliz su caballo que volaba sobre los obstáculos viendo volar en el cielo a un pajarito, feliz pájaro liberado de la jaula por un pintor feliz de haberlo pintado pluma a pluma salpicado de rojo y de amarillo en la miniatura de aquella página del libro en la que el filósofo dice “También en Raissa, ciudad triste, corre un hilo invisible que enlaza un ser viviente a otro por un momento y se deshace, luego vuelve a tenderse entre puntos en movimiento diseñando nuevas figuras rápidas de forma que a cada segundo la ciudad infeliz contiene una ciudad feliz que ni siquiera sabe que existe”.