1000-toneladas
23-oct-2005, 08:27
(AP) Tal vez ellos no lo recuerdan, pero él no los ha olvidado: Bill Russell, K.C Jones, West Unseld, Bill Walton y Spencer Haywood, se enfrentaron a Arturo Agard en algún momento de sus carreras.
Agard nunca emprendió el camino hacia la NBA, no por falta de talento sino por exceso de patriotismo. El centro titular de la escuadra de básquetbol de Panamá disfrutaba más que nadie defender los colores de su país.
''Con el equipo nacional viví momentos inolvidables, cosas muy lindas'', confiesa Agard. ``Creo que le regalamos a Panamá premios que hoy en día se ven a través del prisma de la leyenda. Eso no lo cambio por nada del mundo''.
Alto como un tronco de ébano y la mirada llena de sabiduría, el propio Agard confiesa que era un muchacho poco común en un país donde la estatura no es la carácterística física más abundante.
Desde que pisó una cancha de básquetbol lo eligieron para ser el centro por todos los equipos donde paseara su talento. Con seis pies y seis pulgadas era un verdadero gigante en la tierra del canal.
''Hoy en día, cualquier escolta y tal vez hasta un armador puede medir eso en la NBA'', explica Agard, quien en cierta ocasión fue llamado a integrar los Trotamundos de Harlem y viajó con ellos por toda Sudamérica. ``Pero en aquel entonces era algo fuera de lo común en mi país. Me di cuenta que la vida me había confiado un don físico y no quise desaprovecharlo''.
Luego de dar sus primeros pasos en una liga infantil, Agard tuvo la buena suerte de encontrarse en su camino con un coach universitario estadounidense, amante de Panamá y su deporte.
Cuando Cal Pirelli llegó al itsmo se percató enseguida que poseía entre sus manos la arcilla ideal para moldear un campeón, y junto a Agar reunió a un grupo de jugadores que haría historia.
''Con Pirelli dimos el salto definitivo hacia un nivel superior'', apunta Agard. ``Comenzamos a ganar Juegos Centroamericanos, Bolivarianos, pero nuestra consagración llegó en los Panamericanos de Winnipeg en 1967, cuando conquistamos el tercer puesto y la clasificación para la Olimpiada de México 68''.
Nunca antes ni después un equipo panameño de básquetbol lograría semejante hazaña. Luego de la clasificación, el país centroamericano quedaba prácticamente paralizado por la alegría y la gente bailaba en las calles.
En la capital azteca y en medio de una competencia cerrada, Panamá terminó en el décimo puesto, pero Agard se ganó la reputación de ''Hombre de Hierro'' por sus encarnizados combates debajo del aro.
''Quizás ahora parezca poco, pero hay que situarse en aquel momento para entender la dimensión de lo que habíamos alcanzado'', medita Agard. ``Muchos buenos equipos se habían quedado fuera de la Olimpíada''.
Pero todo no quedó ahí. Dos años más tarde, Panamá derrotó en la final de los Juegos Centroamericanos a una Cuba que posteriormente quedaría tercera en la Olimpíada de Munich 72.
Sin embargo, esa generación de basquetbolistas no tuvo una renovación a tiempo y el deporte de los aros en esa nación nunca más habría de recuperarse o, al menos, igualar a aquellos pioneros.
''Uno ahora recuerda los éxitos, pero no puedo olvidar los sacrificios que realizaba para poder entrenar'', rememora Agard, quien reside en Miami desde comienzos de los años '90 y es oficial de seguridad de una importante firma de la ciudad.
''Yo era policía en la zona de Colón y tenía que ir a Ciudad de Panamá en ómnibus para asistir al tabloncillo'', narra con nostalgia la otrora gloria del básquetbol, quien ha recibido los mayores galardones que otorga el deporte en su país. ``Regresaba a mi casa bien tarde en la noche, cansado pero feliz. La palabra amateur tenía un verdadero sentido de realidad''.
El deporte de los gigantes nunca lo hizo rico económicamente, pero el dinero no lo es todo. Muchos quisieran tener aunque sea una pequeña porción del enorme tesoro cultivado por este noble panameño a través de sus vivencias en el tabloncillo.
Por eso el ''Hombre de Hierro'' mira su pasado con una confianza a prueba de bala.
Agard nunca emprendió el camino hacia la NBA, no por falta de talento sino por exceso de patriotismo. El centro titular de la escuadra de básquetbol de Panamá disfrutaba más que nadie defender los colores de su país.
''Con el equipo nacional viví momentos inolvidables, cosas muy lindas'', confiesa Agard. ``Creo que le regalamos a Panamá premios que hoy en día se ven a través del prisma de la leyenda. Eso no lo cambio por nada del mundo''.
Alto como un tronco de ébano y la mirada llena de sabiduría, el propio Agard confiesa que era un muchacho poco común en un país donde la estatura no es la carácterística física más abundante.
Desde que pisó una cancha de básquetbol lo eligieron para ser el centro por todos los equipos donde paseara su talento. Con seis pies y seis pulgadas era un verdadero gigante en la tierra del canal.
''Hoy en día, cualquier escolta y tal vez hasta un armador puede medir eso en la NBA'', explica Agard, quien en cierta ocasión fue llamado a integrar los Trotamundos de Harlem y viajó con ellos por toda Sudamérica. ``Pero en aquel entonces era algo fuera de lo común en mi país. Me di cuenta que la vida me había confiado un don físico y no quise desaprovecharlo''.
Luego de dar sus primeros pasos en una liga infantil, Agard tuvo la buena suerte de encontrarse en su camino con un coach universitario estadounidense, amante de Panamá y su deporte.
Cuando Cal Pirelli llegó al itsmo se percató enseguida que poseía entre sus manos la arcilla ideal para moldear un campeón, y junto a Agar reunió a un grupo de jugadores que haría historia.
''Con Pirelli dimos el salto definitivo hacia un nivel superior'', apunta Agard. ``Comenzamos a ganar Juegos Centroamericanos, Bolivarianos, pero nuestra consagración llegó en los Panamericanos de Winnipeg en 1967, cuando conquistamos el tercer puesto y la clasificación para la Olimpiada de México 68''.
Nunca antes ni después un equipo panameño de básquetbol lograría semejante hazaña. Luego de la clasificación, el país centroamericano quedaba prácticamente paralizado por la alegría y la gente bailaba en las calles.
En la capital azteca y en medio de una competencia cerrada, Panamá terminó en el décimo puesto, pero Agard se ganó la reputación de ''Hombre de Hierro'' por sus encarnizados combates debajo del aro.
''Quizás ahora parezca poco, pero hay que situarse en aquel momento para entender la dimensión de lo que habíamos alcanzado'', medita Agard. ``Muchos buenos equipos se habían quedado fuera de la Olimpíada''.
Pero todo no quedó ahí. Dos años más tarde, Panamá derrotó en la final de los Juegos Centroamericanos a una Cuba que posteriormente quedaría tercera en la Olimpíada de Munich 72.
Sin embargo, esa generación de basquetbolistas no tuvo una renovación a tiempo y el deporte de los aros en esa nación nunca más habría de recuperarse o, al menos, igualar a aquellos pioneros.
''Uno ahora recuerda los éxitos, pero no puedo olvidar los sacrificios que realizaba para poder entrenar'', rememora Agard, quien reside en Miami desde comienzos de los años '90 y es oficial de seguridad de una importante firma de la ciudad.
''Yo era policía en la zona de Colón y tenía que ir a Ciudad de Panamá en ómnibus para asistir al tabloncillo'', narra con nostalgia la otrora gloria del básquetbol, quien ha recibido los mayores galardones que otorga el deporte en su país. ``Regresaba a mi casa bien tarde en la noche, cansado pero feliz. La palabra amateur tenía un verdadero sentido de realidad''.
El deporte de los gigantes nunca lo hizo rico económicamente, pero el dinero no lo es todo. Muchos quisieran tener aunque sea una pequeña porción del enorme tesoro cultivado por este noble panameño a través de sus vivencias en el tabloncillo.
Por eso el ''Hombre de Hierro'' mira su pasado con una confianza a prueba de bala.